Marina Gabriela Coccoz

 

Hoy en día los docentes se enfrentan a un gran desafío, su rol ha cambiado rotundamente, su función ya no es únicamente pararse frente al aula y enseñar a un grupo de niños u adolescentes los contenidos establecidos en la currícula.

En los últimos años, la sociedad fue cambiando, y con ella fueron cambiando los modos de vida, las costumbres, las personas, los adultos, los niños, las reglas. Las instituciones, entre ellas las escuelas,  tuvieron que ir adaptándose u acomodándose a esos cambios.

Los docentes no quedaron ajenos a todos esto y tuvieron que comenzar a responder muchas demandas de las que antes no se encargaban: el cuidado y la contención de los niños (incluso a veces hasta de la higiene y la alimentación de los mismos), la detección de abusos y de casos de  violencia familiar, la ampliación de la participación social, la inclusión de las familias a la vida escolar y su acompañamiento, el cuidado del medio ambiente, la trasmisión de valores hacia los niños, la enseñanza de nuevas tecnologías, cuestiones de género, discriminación, diversidad sexual, alcoholismo, drogadicción, reproducción sexual, cuidado del cuerpo, salud, entre tantos otras.

Visto de esta manera son muchísimas cosas las que se le piden al docente, ya que todas estas cosas mencionadas se deben abordar además de cumplir con el dictado, en tiempo y forma, del contenido de la currícula escolar.

Si bien el Estado es responsable de velar para que se satisfagan muchas de las demandas mencionadas anteriormente, hasta que esto no suceda, la escuela no puede ser indiferente a ninguna de estas temáticas, ni más ni menos porque se trabaja con personas. Además, la Escuela es la institución ideal para tratar todas estos temas porque es el lugar por el que pasa la mayor cantidad de niños, de manera diaria, y de forma obligatoria (al menos en sus primeros años de niñez), por lo que si el tratamiento de estas temáticas y la contención requerida no se brinda en la misma escuela, muchos chicos se verían desprovistos de conocimientos, de herramientas, e incluso de protección.  Repito, y no me olvido, son temas que en realidad son potestad del Estado pero, que la escuela y los docentes, al tomar conocimiento de los mismos no pueden hacer oídos sordos.

Es por todo esto que los docentes se encuentran ante un desafío continuo, las demandas son cada vez más: demandas de la sociedad, demandas de los padres, demandas de la escuela, pero por sobre todo demandas de uno mismo para poder estar a la altura de las circunstancias y contar con las herramientas necesarias para poder dar respuesta en todos estos ámbitos. De ahí la importancia de no quedarse quieto y la necesidad de seguir formándose y capacitándose de manera continua. Porque como mencioné anteriormente, la sociedad y las personas van cambiando por lo que las formas de enseñar también deben hacerlo. Los conocimientos a impartir y las situaciones con las que un docente se puede encontrar también cambian, se amplían, se complejizan, por lo que es necesario conocer de qué manera actuar ante nuevos escenarios, aprender nuevas técnicas de enseñanza, incluso generar espacios de consultas y debate para poder compartir experiencias comunes con otros colegas.

Se sabe que muchas veces la función se hace muy cansadora, y que es el docente el que necesita contención, apoyo, acompañamiento. Pero es en esos momentos en que recomiendo recordar las razones por las que cada uno se hizo docente, y seguramente en todos los casos aparece la figura del prójimo, del “otro”: poder “ayudar al otro”, “enseñar al otro”, “hacer algo por el otro”, “dejar una huella en el otro”.  Cuando aparece la sensación de hastío, de cansancio, o cada vez que pienso que estoy remando contra la corriente, hay una frase de la madre Teresa de Calcuta que traigo a mi mente: “A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota”.