EL VÍNCULO COMO SOSTÉN: ACOMPAÑAR TRAYECTORIAS ESCOLARES COMPLEJAS María Julia FarajDNI 27202415Área Primario Durante el año 2022 me desempeñaba como docente de cuarto grado en una escuela primaria pública de jornada completa de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En ese grupo, conformado por estudiantes diversos en sus modos de aprender, interactuar y habitar la escuela, tuve una experiencia que marcó mi mirada sobre la tarea docente y la importancia del vínculo pedagógico. Se trata del recorrido compartido con un alumno, a quien llamaré J., que presentaba serias dificultades para permanecer dentro del aula y sostener las propuestas escolares. Desde los primeros días de clase, J manifestaba una gran inquietud corporal. Le resultaba imposible permanecer en su asiento o en el aula durante más de unos minutos. Circulaba por los pasillos, entraba y salía de las aulas, y pasaba buena parte de la jornada escolar recorriendo la escuela. Cuando algo no le gustaba o no lograba tolerar la frustración, reaccionaba con insultos hacia sus compañeros o hacia mí, y salía intempestivamente del aula. Estas conductas generaban desconcierto en el grupo, incomodidad y, muchas veces, sentimientos de impotencia en mí como docente. En un primer momento, la prioridad institucional fue garantizar su presencia dentro del espacio escolar, aunque fuera del aula, evitando que quedara solo o en situaciones de riesgo. Sin embargo, yo sentía que esa no era una respuesta suficiente. Si bien la escuela ofrecía un lugar de contención general, mi desafío era restablecer el lazo pedagógico con él, volver a construir una relación de confianza que le permitiera sentirse mirado, esperado y reconocido. Comencé entonces a realizar una serie de intervenciones cotidianas, pequeñas pero sostenidas, que se convirtieron en un modo de acompañarlo. Cada vez que J. salía del aula, lo buscaba por la escuela. No lo hacía para sancionarlo ni para traerlo por la fuerza, sino para comunicarle algo diferente: que su ausencia me preocupaba, que lo necesitaba cerca, que su presencia era importante para mí y para el grupo. Le decía que lo extrañaba, que me resultaba difícil enseñar si no sabía dónde estaba. Ese mensaje, repetido una y otra vez, fue constituyendo una mirada sostenida: la de una docente que no lo dejaba caer del lazo escolar, incluso cuando él parecía rechazarlo. Durante los primeros meses, este recorrido fue arduo. Cada día implicaba salir varias veces del aula a buscarlo, conversar con él, acompañarlo en sus regresos. Sin embargo, poco a poco comenzó a notarse un cambio: J. empezó a aceptar mi presencia cuando lo iba a buscar, luego a regresar más rápido, y finalmente a permanecer más tiempo dentro del aula. Recuerdo perfectamente el día en que J. se quedó por primera vez toda la jornada en el aula, aunque al día siguiente volvió a hacerlo, yo seguía insistiendo, sentía que, si no lo buscaba, él iba a pensar que su ausencia no importaba. Decidí entonces empezar a visibilizar el progreso: celebramos con el grupo cuando logró pasar una semana entera sin salir del aula. Era importante que él pudiera registrar que había un cambio, que algo de su esfuerzo y de nuestra relación estaba dando fruto. A lo largo de las semanas siguientes, ese gesto se consolidó. J. empezó a reconocer el aula como su lugar de pertenencia. Cuando se enojaba, ya no huía; podía quedarse, a veces insultar, pero sin abandonar el espacio. Luego, con el tiempo, incluso aprendió a pedir disculpas y a reconocer que el insulto no lo ayudaba. Hoy, mirando en perspectiva, puedo afirmar que J aprendió a regular sus emociones en la medida en que encontró un adulto que lo sostuvo con una mirada constante, una presencia afectiva y coherente. Esta experiencia me permitió comprender en profundidad la centralidad del vínculo docente–alumno como eje del acompañamiento de trayectorias escolares complejas. En los casos donde las conductas disruptivas, las dificultades de regulación emocional o los antecedentes familiares e institucionales hacen que la escolaridad se vea amenazada, el vínculo se convierte en un acto pedagógico en sí mismo. No se trata de un vínculo “previo” al aprendizaje, sino de una condición que lo hace posible. La Ley N° 5738/2016 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que establece el “Sistema Integral de Convivencia Escolar”, ofrece un marco institucional para comprender y acompañar este tipo de situaciones. En su artículo 4, la ley sostiene que el sistema educativo debe promover la “formación de sujetos de derecho capaces de ejercer su ciudadanía en un marco de respeto mutuo y solidaridad” (Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2016). Desde esa perspectiva, el acompañamiento de J. no fue solo una intervención individual, sino una práctica enmarcada en una política pública de convivencia y cuidado. Tal como dice la Guía de procedimientos para el abordaje de la convivencia en las escuelas del Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires (2017), los conflictos no se resuelven con sanciones, sino enseñando, acompañando, buscando que los chicos puedan reparar lo que pasó, entendiendo que el objetivo es “favorecer la participación, el diálogo y la reparación de los vínculos. Esa orientación resultó clave para sostener mi intervención. Comprendí que mi tarea no era “controlar” la conducta de J, sino enseñarle a convivir, acompañándolo en la construcción de otras formas de estar con los otros y de reconocer los propios límites. En ese sentido, la escuela no actuó sola. La presencia del equipo de orientación escolar fue fundamental. A partir de intercambios periódicos, compartimos estrategias, analizamos avances y planificamos modos de intervención coherentes. La mirada institucional permitió que las decisiones no recayeran solo sobre mi figura docente, sino que se construyera una red que sostuviera a J y a su trayectoria. La colectivización de la responsabilidad educativa fue también una forma de reconocerlo como sujeto de derecho, evitando que su historia quedará reducida a un “caso problema”. Desde la perspectiva de la pedagogía contemporánea, varios autores sostienen la importancia de ese vínculo como condición del aprendizaje. Philippe Meirieu (2007) plantea que enseñar implica “hacer existir al